El mapa de los matices
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El mapa invisible

Capítulo 13 — El mapa invisible

  • Los recreos siempre terminan igual —dijo Lucía mientras dejaba la mochila en el banco del patio—. Diego pierde.
  • ¡Eh! —protestó Diego—. Eso no es cierto.
  • Sí que lo es. Ayer también perdiste.
  • Ayer sí. Pero la semana pasada gané dos veces.
  • No —respondió Lucía con seguridad—. Perdiste un montón.

El abuelo levantó la vista desde una regadera que estaba usando para mojar las plantas.

  • Interesante palabra —dijo—. “Siempre”.
  • Bueno… casi siempre —corrigió Lucía, aunque sin demasiada convicción.
  • ¿Cómo lo sabés?
  • Porque me acuerdo.
  • ¿De todos los recreos?

Lucía dudó un segundo.

  • De varios.
  • ¿Y de cuáles te acordás más? —preguntó el abuelo—. ¿De los que Diego perdió… o de los que ganó?

Lucía abrió la boca para responder, pero no dijo nada enseguida.

  • De los que perdió —admitió al final.
  • ¡¿Viste?! —dijo Diego.
  • Momento —dijo el abuelo—. Diego, ¿vos de cuáles te acordás más?
  • De los que gané —respondió él, sin pensarlo demasiado.

El abuelo dejó la regadera a un costado.

  • Curioso. Los dos están seguros… y los dos recuerdan cosas distintas.
  • Pero no las estamos inventando —dijo Lucía.
  • No. Eso es lo interesante. Los recuerdos están ahí.
  • Entonces alguien se equivoca —dijo Diego.
  • Tal vez —respondió el abuelo—. O tal vez cada uno está mirando el mismo camino con un mapa diferente.
  • ¿Un mapa? —preguntó Lucía.
  • Un mapa invisible. Esas ideas que ya tenemos en la cabeza antes de mirar, y que deciden qué le prestamos atención y qué no.
  • ¿Como cuáles?
  • Eso te lo pregunto yo —dijo el abuelo—. Si en tu cabeza ya está la idea de que Diego suele perder… ¿qué pasa cada vez que pierde?

Lucía pensó un momento.

  • Que… tiene sentido. Que era lo esperado.
  • ¿Y cuando gana?
  • Que fue raro —dijo Lucía, y se detuvo en esa palabra como si recién la estuviera escuchando—. Que fue la excepción.
  • Entonces… cuando pierde, lo recordás enseguida —acotó, pensativa—. Y cuando gana, tu cabeza lo guarda diferente. Como algo que no encaja del todo.
  • Algo así —dijo el abuelo.
  • Pero entonces —intervino Diego, cruzando los brazos— a mí me pasa exactamente lo mismo al revés.
  • Muy probable —dijo el abuelo.

En ese momento Iris pasó por la puerta del patio con una taza en la mano. Escuchó las últimas palabras y se detuvo apenas.

  • Ah, los mapas invisibles —dijo—. Los adultos tenemos atlas completos.
  • No exageres —respondió el abuelo.
  • ¿Seguro? —dijo Iris—. La mitad de las discusiones del mundo existen porque nadie se da cuenta de que está leyendo su propio mapa.

El abuelo sonrió levemente.

  • Y la otra mitad porque, aun dándose cuenta, nadie quiere doblarlo.

Iris levantó la taza en señal de saludo y siguió caminando hacia la cocina, como si la conversación fuera un programa de radio que podía escucharse de paso.

Lucía la vio desaparecer por la puerta.

  • Entonces… —dijo despacio—, ¿cómo sé si lo que estoy recordando es el camino… o mi mapa?

El abuelo volvió a tomar la regadera.

  • Buena pregunta.
  • Porque ahora que lo pienso —continuó Lucía, sin esperar respuesta— sí recuerdo un recreo en el que Diego ganó.
  • ¡Tres! —dijo Diego.
  • Uno seguro —dijo Lucía—. Pero lo recuerdo como algo raro. No como algo normal.

El abuelo miró el jardín como si estuviera observando algo más allá de las plantas.

  • A veces —dijo— el mundo cambia muy poco.
  • ¿Y entonces?
  • A veces lo que cambia… es el mapa con el que lo miramos.

Lucía se quedó en silencio, como si estuviera revisando un mapa que nunca había notado que llevaba en la mochila.

[[reflexion]] Reflexión del abuelo:

Si cada uno recuerda el camino de una manera distinta, ¿cuánto de lo que creemos ver pertenece al mundo… y cuánto pertenece al mapa que llevamos dentro?

Podés saber más sobre las palabras subrayadas si las tocás

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