Cuando cambiar de idea es una victoria
Capítulo 12 — Cuando cambiar de idea es una victoria
Lucía y Diego llegaron a lo del abuelo con una certeza muy bien instalada: el chico nuevo del barrio era antipático.
- Se llama Santiago —dijo Lucía—. Lo vimos tres veces y las tres veces pasó de largo sin saludar.
- Tres —repitió Diego, como si el número fuera una prueba.
El abuelo los escuchó sin apurarse.
- ¿Y qué más saben de él?
Lucía y Diego se miraron.
- Nada —dijo Diego.
El abuelo asintió despacio, pero no dijo nada. Los chicos se fueron a jugar y la cosa quedó olvidada hasta que pasó algo inesperado.
Fue Diego el que llegó al día siguiente con la novedad. Entró casi corriendo.
- Me enteré algo. Santiago se mudó hace tres semanas. En su otra escuela tenía amigos desde el jardín. Acá no conoce a nadie. Me lo dijo Renata, que vive en su edificio. Dice que parece triste, no antipático.
Lucía no contestó enseguida. Pensó en Santiago parado solo contra la pared del patio, mirando el partido de los otros como si fuera televisión.
- Triste no es lo mismo que antipático —dijo, y le sonó raro haberlo dicho ella, porque hasta ese momento no lo había pensado así.
El abuelo, que había escuchado todo desde el sillón, preguntó:
- ¿Cambió Santiago, o cambió lo que ustedes sabían de Santiago?
Lucía tardó un momento.
- Lo que sabíamos nosotros. Santiago siempre fue el mismo.
- Exacto. No cambiaron de idea porque Santiago cambió. Cambiaron de idea porque apareció información nueva.
- Sí, pero igual me da bronca —dijo Lucía—. ¡Estaba tan segura!
- Eso es lo más importante que dijiste hoy.
- ¿Por qué lo más importante? —preguntó Diego.
- Porque darse cuenta de que uno estaba seguro y estaba equivocado es incómodo —respondió el abuelo—. Y esa incomodidad es exactamente la señal de que algo nuevo entró. Si no molestara un poco, no sería aprender: sería solo cambiar de canal.
Lucía pensó en eso. Tenía sentido, y por cierto que no la hacía sentir bien.
- ¿Y si alguien te convence sin darte razones nuevas? ¿Es lo mismo? —preguntó Diego.
- No. Eso es ceder. Y ceder no deja nada adentro. La próxima vez que aparezca una situación parecida, volvés a creer lo mismo de antes.
- Entonces hay que fijarse por qué cambiás de idea —dijo Diego, casi para sí mismo.
- Exactamente.
Lucía se quedó mirando el piso un momento.
- Yo no sé si Santiago va a ser mi amigo —dijo—. Pero ya no puedo pensar que es antipático.
- ¿Por qué no? —preguntó el abuelo, aunque parecía saber la respuesta.
- Porque ahora sé algo que antes no sabía. Y no puedo des-saberlo.
El abuelo sonrió.
- Esa es una de las cosas más honestas que se pueden decir.
- Yo tampoco puedo —dijo Diego—. Des-saberlo, digo.
Y los dos se quedaron un momento en silencio, pensando en un chico parado solo contra una pared, que no era antipático.
Era nuevo.
[[reflexion]] Reflexión del abuelo:
La próxima vez que estés muy seguro de algo, preguntate: ¿qué sé de verdad, y qué estoy suponiendo? Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Y a veces, solo hace falta un dato nuevo para verla.