El Bosque de los Ecos
Aquella tarde, Lucía estaba encantada consigo misma.
Había lanzado una idea en el grupo de la clase —una propuesta para cambiar la forma en que presentarían un trabajo— y todos habían respondido con entusiasmo. “¡Sí!”, “¡Tal cual!”, “¡Es lo mejor!”.
Le gustaba esa sensación. Era como si el aire mismo repitiera su voz con eco brillante.
Diego estaba en su casa porque habían quedado en avanzar en ese mismo trabajo. Había llegado con su cuaderno bajo el brazo y la costumbre de preguntar lo que nadie preguntaba.
- Entonces ya está —dijo Lucía, caminando por el living como si estuviera en un escenario—. Todos están de acuerdo. Lo hacemos así.
- ¿Todos entendieron la idea? —preguntó Diego, apoyando el cuaderno en la mesa.
- Claro. Les encantó.
- ¿Encantar es lo mismo que entender?
Lucía se detuvo.
- Bueno… sí. O sea… si les gustó es porque entendieron.
Diego se encogió de hombros.
- A veces uno dice que le gusta algo para no complicarse.
No lo dijo como desafío. Lo dijo como quien observa que está por llover.
Lucía sintió algo extraño. No era enojo exactamente. Era como si alguien hubiera bajado un poco el volumen del aplauso.
- ¿Vos no estás de acuerdo? —preguntó.
- No estoy en contra —respondió Diego—. Solo digo que tal vez habría que probar si funciona antes de decidir.
Lucía cruzó los brazos.
- Siempre querés probar todo.
- Y vos siempre querés decidirlo antes —contestó él, sin ironía.
Desde el sillón, el abuelo había estado escuchando en silencio. No intervenía, pero tampoco parecía distraído.
- Lucía —dijo al fin—, ¿qué es lo que más te gustó de que todos estuvieran de acuerdo?
Ella respondió rápido.
- Que mi idea era buena.
- ¿Y cómo sabés que era buena?
Lucía abrió la boca… y tardó un segundo más de lo habitual en contestar.
- Porque nadie la cuestionó.
- Ah —dijo el abuelo con calma—. Entonces la prueba de que algo es sólido… es que nadie lo empuje.
Diego sonrió apenas. Lucía lo notó.
- No es eso —dijo ella, un poco más baja—. Es que… cuando todos dicen que sí… es más fácil.
- Claro que es más fácil —respondió el abuelo—. En un bosque donde todo repite tu voz, no hay que buscar caminos nuevos.
Lucía imaginó ese bosque. Árboles que devolvían exactamente sus palabras. Pasos que no encontraban resistencia. Sonaba cómodo. Y, de pronto, un poco aburrido.
- Al principio era divertido —admitió—. Pero ahora que lo pienso… nadie agregó nada distinto.
Diego levantó la vista.
- Yo puedo decir algo distinto.
Lucía lo miró. Sintió la pequeña punzada de antes. Esa mezcla de molestia y curiosidad.
- Decilo —dijo.
- Creo que tu idea puede funcionar —empezó Diego—. Pero si nadie la discute, no sabemos dónde puede fallar.
Lucía no respondió enseguida. Pensó en el grupo de mensajes. En los “sí” repetidos. En lo fácil que había sido sentirse brillante.
- O sea que… —murmuró— cuando nadie cuestiona, en realidad estoy dejando de pensar.
El abuelo no asintió ni negó.
- ¿Qué creés vos?
Lucía miró su cuaderno. Luego a Diego.
- Creo que me gustaba más que me aprobaran… que mejorar la idea.
La frase quedó flotando. No era cómoda, pero era clara.
- ¿Y ahora qué preferís? —preguntó el abuelo.
Lucía respiró hondo.
- Prefiero que la probemos. Y que la critiquen. Aunque moleste un poco.
Diego ya estaba abriendo el cuaderno.
- Bueno. Empecemos por buscarle el punto débil.
Lucía sonrió. Esta vez no era el brillo del aplauso. Era algo distinto. Más silencioso.
En su mente, el bosque ya no repetía igual. Entre los árboles se abría un claro. No tan cómodo. Pero más amplio.
[[reflexion]] Reflexión del abuelo:
A veces creemos que pensar bien es lograr que todos estén de acuerdo con nosotros. Pero el pensamiento crítico no crece con aplausos, sino con preguntas. Cuando alguien no repite nuestra voz, no está rompiendo el bosque: está abriendo un camino nuevo.