La ilusión de saber
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Cuando conocer no es comprender

He llegado a la conclusión de que no se puede confundir familiaridad con comprensión.

Y para ser concreto al máximo, quizás te resulte conocido lo que te voy a contar: Has oído la palabra tantas veces que te parece tuya. La repites sin tropiezos. La usas en frases seguras. Pero si alguien te pidiera que la explicaras sin apoyarte en ella misma, el suelo empezaría a moverse.

¿Si me pasó? Pues claro, y para que no te quedes con la duda que lo voy a contar. Fue con la palabra “obtuso”. Y no, no me refiero al ángulo sino al adjetivo con el que calificas a una persona. Siempre pensé que se trataba de un sinónimo de “testarudo”. Por supuesto que alguien una vez se me ofendió, y bueno, si yo le estaba diciendo que era un testarudo, era lógico que se ofendiera, pero lo que me llamó la atención fue que me dijera que no era ningún tonto.

Yo le dije que eso no era lo que quería decir... hasta que (después) fui a buscarla al diccionario, y ahí me avivé que quería decir “torpe”. Desde siempre había tenido una idea equivocada del término, y bueno, ¡no quedó otra que disculparme y aclarar el error!

Pero el problema no es recordar cuándo te pasó o con qué palabra, sino el hecho de que lo reconozcas, y sobre todo, que pienses que quizá, a lo mejor, tal vez, estás equivocado alguna que otra vez.

Hay algunos ejemplos que suelen aparecer por ahí, pero pensándolo bien (y tomándose el trabajo de buscar), inflación no es “cuando todo está caro”, es cuando hay un aumento sostenido y general de los precios, resiliencia: no es “aguantar”, es la capacidad de adaptarse a los cambios sin quebrarse ante la adversidad (que eso no lo aclara el diccionario).

Si seguimos en la misma línea, energía: no son “ganas”, es la capacidad de algo o alguien de realizar un trabajo, y sin la física implícita, es la capacidad real de producir un efecto, y libertad: no es “hacer lo que quieras”, es actuar dentro de un marco donde tus decisiones tienen consecuencias en los que elijas o no elijas hacer.

La ilusión de saber es cómoda. Nos permite opinar sin explorar, discutir sin entender y asentir sin pensar. El cerebro ama esa comodidad: reconoce el sonido, detecta que no es nuevo y activa una sensación de dominio.

Pero reconocer no es comprender.

Cuando una palabra se vuelve frecuente, se vuelve invisible. Y lo invisible no se examina.

El verdadero peligro no es ignorar un término desconocido. Es caminar sobre conceptos mal entendidos creyendo que el terreno es firme.

Cada vez que algo “suena obvio”, detente.

Si no puedes explicarlo con claridad y sin repetir la palabra, probablemente no lo has entendido todavía.

No es un fracaso. Es una invitación.

LA LÍNEA VERDE NO ACUSA TU IGNORANCIA. Te recuerda que el pensamiento empieza donde termina la comodidad.

¿Y tú?... ¿Has estado usando, quizá últimamente, una palabra que no podrías explicar muy bien?

El Abuelo Nerdo

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