Cuando todo subió de precio y nadie supo explicar por qué
León llegó del liceo con hambre y encontró lo de siempre: poco.
No era que no había comida. Había. Pero había menos que antes, y eso se notaba en detalles que nadie nombraba.
Los bizcochos del desayuno habían pasado de seis a cuatro. Su mamá cerraba la billetera antes en el supermercado. Nadie pedía nada fuera de la lista.
León lo había estado observando desde hacía semanas. Y había llegado a una conclusión.
- El gobierno imprimió demasiado y ahora estamos pagando nosotros —le dijo al abuelo esa tarde, con la naturalidad de quien está citando algo que ya sabe.
El abuelo no levantó la vista de la pantalla.
- ¿Quién dijo eso?
- Todo el mundo. En el noticiero, en el liceo, mi viejo también lo dice.
- Puede ser —dijo el abuelo.
León esperó que siguiera. No siguió.
- ¿Puede ser? —repitió—. ¿Es verdad o no?
- Te dije que puede ser.
- Eso no es una respuesta.
El abuelo cerró la computadora.
- No. Es el inicio de una pregunta.
León se sentó.
Había algo irritante en la forma en que el abuelo hacía eso: devolverte lo que traías, pero con una grieta adentro.
- Bueno —dijo León—. ¿Qué pregunta?
- Si el gobierno imprime y por eso suben los precios, ¿por qué en algunos países que también imprimen no sube tanto?
León no tenía respuesta para eso.
- No sé. Supongo que depende de cuánto imprimen.
- ¿Solo de eso?
- ¿De qué más?
El abuelo no respondió.
León odiaba cuando hacía eso.
- A ver —dijo León, intentando reconstruir—. Imprimir hace que haya más plata dando vueltas, ¿no? Y si hay más plata pero las mismas cosas, los precios suben porque todos tienen con qué pagar más.
- Eso es coherente.
- Entonces sí es culpa del gobierno.
- Puede ser parte de la explicación.
- ¿Parte?
- ¿Qué pasa cuando sube el petróleo?
León frunció el ceño.
- ¿Qué tiene que ver el petróleo?
- Si sube el petróleo, sube el transporte. Si sube el transporte, sube todo lo que se mueve en camión. Que es casi todo.
- Pero eso no lo decide nadie acá.
- No.
León tardó un momento.
- ¿O sea que pueden subir los precios acá por algo que pasó en otro lado?
- Ya pasó. Varias veces.
- Y la gente igual le echa la culpa al gobierno.
- A veces con razón. A veces sin ella.
- ¿Y cómo sabés cuál es cuál?
El abuelo levantó una ceja, como si la pregunta fuera más interesante de lo que León creía.
- Esa —dijo— es la pregunta correcta.
León procesó.
Había llegado con una explicación que le parecía obvia. Ahora tenía dos, y no sabía cómo distinguirlas. Y eso era incómodo de una manera específica: no porque no supiera la respuesta, sino porque tampoco sabía cómo encontrarla.
- ¿Cómo se separa una de la otra? —preguntó.
- Mirando qué pasó antes. Qué medidas se tomaron. Qué pasó en otros países al mismo tiempo.
- Eso no lo hace nadie en el noticiero.
- No. Porque lleva tiempo y no genera audiencia.
- Entonces lo que escucho todos los días es...
- Una simplificación. No necesariamente mentira. Pero tampoco la foto completa.
León se recostó.
- Me estás diciendo que todo lo que creía saber estaba mal.
- Te estoy diciendo que lo que creías saber era incompleto. No es lo mismo.
Silencio.
León miraba el techo. Había algo más que le seguía raspando.
- Igual —dijo—. Aunque no sea la única causa, imprimir importa, ¿no? Porque si hay más plata y las mismas cosas...
- Sí, importa.
- Entonces el gobierno tiene algo de responsabilidad.
- Sí.
- ¿Y por qué lo hacen si saben que hace daño?
El abuelo no respondió de inmediato.
- ¿Qué creés vos? —dijo.
León pensó.
- Supongo que porque necesitan plata para pagar cosas. Salarios, subsidios. Y si no la tienen, la imprimen.
- ¿Y si no imprimen?
- No pueden pagar. Y eso también es un problema.
- ¿Cuál preferís?
León abrió la boca. La cerró.
- No quiero ninguno de los dos.
- Bienvenido a la economía —dijo el abuelo.
- Pero igual —dijo León—, los que más pierden son los que menos tienen. El que tiene plata la mueve, la pone en dólares, en algo que aguante. El que no tiene plata la deja en el cajón y la pierde.
- Sí.
- Entonces es injusta.
- ¿La inflación o el sistema?
León lo miró.
- ¿Cuál es la diferencia?
- Que si es la inflación la injusta, alcanza con controlarla. Si es el sistema, el problema es más profundo.
León consideró eso.
- Las dos cosas pueden ser ciertas.
- Sí —dijo el abuelo—. Pueden.
No lo dijo como si fuera una respuesta. Lo dijo como si fuera otro inicio.
- ¿Y se puede frenar? —preguntó León.
- Se puede reducir.
- ¿Cómo?
- Hay varias formas. Subir las tasas de interés, por ejemplo.
- ¿Y eso qué hace?
- El crédito se vuelve más caro. La gente se endeuda menos, gasta menos. Hay menos plata dando vueltas.
- Y los precios bajan.
- O suben menos.
- Suena bien.
- También puede generar desempleo.
León lo miró.
- ¿Por qué?
- Si la gente gasta menos, las empresas venden menos. Si venden menos, contratan menos. O despiden.
Eso no lo había pensado.
- O sea que para bajar los precios podés terminar con más gente sin trabajo.
- Puede pasar.
- Eso también perjudica más a los que menos tienen.
- Sí.
- Entonces elegís entre dos cosas malas.
- A veces —dijo el abuelo—. Y eso es lo que no aparece cuando alguien promete una solución simple.
León se quedó callado un momento.
Había algo más que quería preguntar, pero no sabía bien cómo formularlo. Lo intentó igual.
- ¿Por qué es tan difícil frenarla una vez que arranca? No me refiero a las medidas. Me refiero a... por qué cuesta tanto aunque hagas lo correcto.
El abuelo lo miró distinto.
- ¿Qué creés vos?
- No sé. Supongo que porque una vez que la gente cree que todo va a subir, empieza a actuar como si ya hubiera subido. Y eso hace que suba.
- Sí.
- Es una especie de profecía que se cumple sola.
- Exacto.
- Y para frenarla habría que cambiar lo que la gente cree.
- Y eso es más difícil que cambiar una tasa de interés.
León asintió despacio.
No era una respuesta satisfactoria. Pero era real.
Esa noche León no abrió el juego de inmediato.
Se sentó en el borde de la cama y estuvo un momento quieto, lo cual no era habitual en él.
Había llegado a la tarde con una explicación. Salía con tres, sin saber bien cómo pesarlas, sin una que ganara claramente sobre las otras.
Eso era raro. Normalmente cuando aprendías algo, terminabas sabiendo más. Acá terminaba sabiendo que lo que sabía antes era insuficiente, y que lo nuevo tampoco alcanzaba.
Lo incómodo era que eso no lo hacía querer dejar de pensar.
Era lo contrario.
La heladera seguía igual. Pero ya no podía mirarla sin preguntarse cuántas causas distintas habían llegado a ese resultado.