Bichos, plantas y otros problemas
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El picudo rojo

  • Abuelo… ¿viste esa palmera? —preguntó Lucía señalando el jardín de la plaza—. Está toda caída para un costado. Pero ayer estaba bien.

El abuelo miró el tronco, las hojas vencidas, el suelo alrededor.

  • Decime una cosa, Lucía —dijo—. Cuando algo grande se cae, ¿siempre es porque algo grande lo empujó?

Lucía hizo el gesto que siempre así y que mostraba que estaba pensando: un pequeño movimiento de los ojos, casi imperceptible.

  • No sé… supongo que no. A veces una mesa cojea por una patita chiquita.
  • Ajá. ¿Y si te digo que esa palmera pudo haber sido derrotada por algo más chico que tu uña?
  • ¿Una hormiga?
  • Más feo todavía —sonrió el abuelo—. Un insecto llamado picudo rojo*.

Lucía abrió los ojos.

  • ¿Un bicho tan chico puede matar una palmera entera?
  • No la ataca por fuera —respondió él—. No muerde las hojas ni raspa el tronco. Entra como quien no quiere la cosa… y trabaja desde adentro.
  • ¿Desde adentro? —repitió Lucía—. Eso es trampa.
  • Es estrategia —corrigió el abuelo—. La hembra pone huevos en pequeñas grietas del tronco. Cuando nacen, las larvas empiezan a comer… pero no lo que se ve. Se comen lo que sostiene todo.

Lucía miró la palmera otra vez, como si ahora pudiera ver a través de ella.

  • Entonces nadie se da cuenta.
  • Exacto. Por fuera parece sana. Verde, alta, orgullosa. Por dentro, vacía.
  • Como una mentira bien contada —dijo Lucía sin darse cuenta.

El abuelo levantó una ceja.

  • Interesante comparación. Decime: si no se ve el daño, ¿cómo sabés que hay un problema?

Lucía se quedó callada.

  • No sabés —admitió—. Recién cuando ya es tarde.
  • Eso es lo peligroso del picudo rojo —continuó él—. Cuando la palmera muestra síntomas, muchas veces ya no hay arreglo. El corazón está destruido.
  • ¿Y de dónde salió ese bicho? —preguntó Lucía—. ¿Siempre estuvo acá?
  • No. Vino de lejos, viajando con palmeras trasladadas por personas. Nadie lo invitó, pero entró igual.
  • O sea que… —Lucía dudó— …el problema no empezó con el bicho.
  • Ahí vas —dijo el abuelo—. Empezó con una decisión humana que parecía inocente.

Lucía pateó una piedrita.

  • Entonces no todas las amenazas hacen ruido.
  • Las más peligrosas suelen ser silenciosas —respondió él—. No empujan, no gritan, no avisan. Roen.

Lucía volvió a mirar la palmera caída.

  • Abuelo…
  • ¿Sí?
  • ¿Y cómo hacemos para darnos cuenta antes?

El abuelo sonrió, pero no respondió enseguida.

  • Esa —dijo finalmente— es una pregunta importante. Tan importante que no sirve solo para palmeras.

Lucía lo miró, entendiendo a medias. O tal vez entendiendo lo justo.

Y siguieron caminando, dejando atrás la palmera, que ya no parecía solo un árbol.

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